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Acompañamiento psicológico en una sociedad acelerada

Vivimos en la sociedad de la inmediatez. Todo ocurre demasiado rápido. Nunca habíamos estado tan conectados: amistades, mensajes, compras, información, opiniones, consejos… Todo está disponible con solo pulsar un botón desde el ordenador o el teléfono móvil.

Sin embargo, esta hiperconexión no siempre nos acerca. A menudo nos sumerge en un ruido constante, en la indignación, en una presión difícil de sostener. No solo una presión comercial, sino también personal y emocional. Se nos empuja a consumir, a producir sin descanso, a mostrar una imagen determinada, a tener éxito, a encajar.

Exigencias imposibles y malestar emocional

Estas exigencias son, en gran medida, imposibles de cumplir. Y cuando no se alcanzan, generan frustración. La paradoja es clara: nunca habíamos tenido tantas opciones y, al mismo tiempo, nunca nos habíamos sentido tan solos o vacíos.

El estrés, las crisis de ansiedad, la tristeza persistente, la incomprensión o la baja autoestima crecen de forma silenciosa. Muchas personas sienten una angustia difusa, un malestar que no siempre saben explicar, pero que afecta profundamente a su bienestar y a su forma de estar en el mundo.

Vivimos rodeados de incertidumbre. Esta forma de vida también impacta directamente en nuestras relaciones: en la familia, en la pareja, en las amistades, en el entorno laboral o incluso en nuestra capacidad para relacionarnos con normalidad con otras personas.

Cuando perdemos el contacto con nosotros mismos

En este contexto, es fácil olvidar quiénes somos y qué queremos realmente. Muchas veces nos encontramos intentando satisfacer expectativas ajenas, adaptándonos constantemente, sin obtener respuestas que nos reconforten.

La poeta Wisława Szymborska lo expresa con una lucidez conmovedora en su poema Contribución a la estadística, cuando habla de las personas “encorvadas, doloridas y sin linterna en lo oscuro”. Así es como nos sentimos en determinados momentos de la vida: sin una guía clara, avanzando a tientas.

El acompañamiento psicológico como espacio de encuentro

Desde el acompañamiento psicológico es posible trabajar sobre estos estados de ánimo y afrontar las crisis vitales desde la comprensión mutua. Se trata de iniciar un camino en el que la persona puede marcar los tiempos y el ritmo, abordando aquello que interfiere en su vida cotidiana.

No se trata únicamente de “aprender a vivir con ello”. Se trata de aceptar lo que nos ocurre y aceptarnos a nosotros mismos, sin resignación. De integrar esas experiencias como parte de nuestra historia, de manera que nos ayuden a seguir avanzando con mayor claridad y coherencia.

Recuperar la cercanía y el contacto

El acompañamiento psicológico es, en esencia, recuperar la cercanía y el contacto con el otro. Es caminar juntos durante un tramo del camino, trabajando con sinceridad y generosidad sobre uno mismo y para uno mismo.

Ese proceso puede desarrollarse en un despacho, en un espacio de consulta, o también al aire libre, paseando. Lo importante no es el lugar, sino la posibilidad de ser escuchado, comprendido y acompañado sin juicios.

Contribución a la estadística

Wisława Szymborska (1923–2012)

De cada cien personas,
las que todo lo saben mejor:
cincuenta y dos,
las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,
las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,
las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,
las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho,
las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,
las capaces de ser felices:
como mucho, veintitantas,
las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,
las crueles
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,
las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori,
las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,
las encorvadas, doloridas
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,
las dignas de compasión:
noventa y nueve,
las mortales
cien de cien.

Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.

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